Especialistas de la UNLP advierten que el calentamiento global avanza a una velocidad sin precedentes y que las decisiones que se tomen en esta década serán claves para evitar escenarios aún más críticos hacia fines del siglo XXI.

Sequías extremas, inundaciones más frecuentes, olas de calor récord, incendios forestales y ciudades que parecen hornos. El cambio climático dejó de ser una amenaza lejana para convertirse en una realidad cotidiana. Y aunque el aumento de la temperatura global parece pequeño —apenas 1,2°C respecto de la era preindustrial—, sus consecuencias ya impactan sobre ecosistemas, economías y la vida de millones de personas. En el marco del Día Mundial del Ambiente, que se celebra el 5 de junio, este año bajo el lema “Por el clima YA”, especialistas de la Universidad Nacional de La Plata advierten que el calentamiento global avanza a una velocidad sin precedentes y que las decisiones que se tomen en esta década serán claves para evitar escenarios aún más críticos hacia fines del siglo XXI.


Un planeta cada vez más caliente

La Dra. en Ciencias de la Atmósfera Josefina Blázquez, docente en la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas, explica que, según las observaciones científicas, desde mediados del siglo pasado la temperatura media global aumenta de manera sostenida. Incluso, en los últimos años el ritmo de calentamiento se aceleró: pasó de 0,06°C por década a 0,36°C por década. Los años 2023, 2024 y 2025 quedaron registrados entre los más cálidos de la historia reciente.

Pero el problema en las variables ambientales no se limita únicamente al aumento de la temperatura. También cambiaron las precipitaciones, la humedad, los vientos, el nivel del mar y la cantidad de hielo en distintas regiones del planeta. Por eso, los científicos hablan de “cambio climático”: una transformación integral de las condiciones medias del clima global y regional.

Y aunque una diferencia de 1,2°C pueda parecer menor, sus efectos ya son visibles. El aumento en la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos —como olas de calor, lluvias intensas, sequías prolongadas o tormentas severas— es una de las señales más claras del nuevo escenario climático.

¿Todos entendemos lo mismo por cambio climático?

Por su parte, la Mg. María Inés Botana y el Esp. Edgardo Salaverry, docentes de la cátedra de Climatología e Investigadores del Centro de Investigaciones Geográficas (CIG), IdIHCS Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, UNLP –CONICET). entienden al cambio climático como una expresión manifiesta de la crisis ambiental que configura el presente global, y que constituye un factor estructurante de los procesos de segregación territorial. Más allá de la atmósfera, la climatología crítica se enfoca en el análisis de las responsabilidades históricas de los modelos de emisión y consumo de América Anglosajona y Europa -junto a la expansión del Sudeste Asiático- en la configuración de un escenario global de vulnerabilidades profundamente asimétricas que impacta de manera diferencial sobre los territorios del Sur Global.

En este marco, la transición energética y la expansión de las energías alternativas como propuestas discursivas a la crisis climática no buscan un cambio drástico sino que sostienen un status quo que responden a las lógicas de reproducción extractivistas, las estrategias de acumulación de mercado y nuevas formas de despojo territorial.

Este abordaje problematiza la idea de “riesgo”, cuestionando su aparente neutralidad y comprendiéndolo como una construcción sociohistórica atravesada por relaciones de poder, desigualdad y acceso diferencial a los recursos.

La climatología crítica desde el sur global

Ambas miradas coinciden en que el cambio climático dejó de ser una hipótesis del futuro o una mera proyección estadística confinada a los modelos predictivos de los laboratorios del Norte Global, para consolidarse como la manifestación más fehaciente, acelerada y alarmante de una crisis ambiental y civilizatoria multidimensional. Pero, según la postura crítica, la narrativa hegemónica fue construida durante décadas en torno al calentamiento global, dominada por una perspectiva puramente técnica, meteorológica y eurocéntrica. Esta visión reduccionista presentó el cambio climático como un problema temporal ocasionado por el incremento de los Gases de Efecto Invernadero. Así, la solución de esta “falla funcional de la atmósfera” queda en manos de acciones individuales y el aporte de nuevos programas tecnológicos.

La volatilidad del precio del petróleo induce a los centros globales al desarrollo de energías alternativas (solar, eólica, hídrica, mareomotriz, litio, hidrógeno verde, etc.) como bastiones de salvación bajo el lema de una transición energética. Sin embargo, esta neutralidad verde propone reemplazar los combustibles fósiles por fuentes renovables manteniendo el mismo modelo de producción, consumo y acumulación global, consolidando el encubrimiento del despojo. Los insumos de estas energías alternativas fomentan la práctica de la minería a cielo abierto para la extracción de minerales estratégicos en el Sur Global, como así también la deforestación de selvas y bosques nativos por el avance de la frontera agrícola y el uso intensivo de bienes comunes como el agua dulce. Así, bajo la promesa de descarbonizar el Norte Global, se profundiza la degradación y el sacrificio ambiental de los territorios periféricos.

Por eso, desde un enfoque crítico, se considera que la atmósfera no es un espacio neutro, sino un territorio en disputa, y que el cambio climático es también la expresión biofísica de un modelo de organización social insostenible. Por lo tanto, la climatología como ciencia ambiental va más allá de registrar pasivamente las variaciones del tiempo, y analiza críticamente las acciones antrópicas que provocan la alteración de las variables meteorológicas.

Violenta reconfiguración de la dinámica ambiental

Asumir este enfoque implica reconocer que no asistimos simplemente a una fluctuación de las variables atmosféricas mundiales sino a una violenta reconfiguración de la dinámica. El cambio climático y la crisis ambiental actúan como prismas que amplifican y profundizan las desigualdades territoriales preexistentes, donde los costos biofísicos y sociales del colapso ecológico no se distribuyen de manera azarosa ni democrática: se reparten de forma profundamente asimétrica, colonial e injusta.

Bajo esta premisa, el concepto de riesgo pierde toda aura de neutralidad. El incremento de los eventos atmosféricos extremos cobra protagonismo develando la omnipresencia del peligro climático donde los conflictos aumentan la vulnerabilidad fundamental de las personas, eliminando los mecanismos de supervivencia existentes y dejándolas menos capaces de afrontar los desastres y la volatilidad que presenta el cambio climático.

El riesgo no es una fatalidad de la naturaleza, un castigo divino o un accidente geográfico inevitable; es, fundamentalmente, una construcción social e histórica. Una tormenta extraordinaria, una sudestada persistente o una sequía prolongada son eventos cuya frecuencia e intensidad se ven exacerbadas por el cambio climático regional, se transforman en desastre solo cuando impactan sobre un territorio previamente fragilizado por decisiones políticas, económicas y de organización territorial.

El aire que supimos conseguir

Blázquez coincide en que la principal causa del cambio climático es la actividad humana. Desde la Revolución Industrial, las emisiones de gases de efecto invernadero crecieron de manera acelerada debido al uso masivo de combustibles fósiles, la deforestación, ciertos procesos industriales y actividades agropecuarias.

El dióxido de carbono (CO2) es el gas que más contribuye al calentamiento global y representa cerca del 75% de las emisiones mundiales. Proviene principalmente de la generación de energía mediante petróleo, gas y carbón. También influyen el transporte, la tala de árboles y la industria.

Otro actor clave es el metano (CH4), responsable de alrededor del 18% de las emisiones globales, asociado especialmente a la actividad ganadera y la gestión de residuos. A esto se suma el óxido nitroso (N2O), vinculado al uso de fertilizantes agrícolas y procesos industriales.

Si bien estos gases existen naturalmente en la atmósfera, los niveles actuales no tienen precedentes en al menos los últimos 800 mil años. Por eso, la comunidad científica sostiene que el ser humano es el principal responsable del cambio climático actual, conocido como cambio climático antropogénico.

El límite de 1,5°C: la barrera que el mundo intenta no cruzar
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), advierte que limitar el calentamiento global a 1,5°C respecto de los niveles preindustriales es fundamental para reducir los impactos más graves.

La diferencia entre un planeta 1,5°C más cálido y uno que alcance los 2°C puede parecer pequeña, pero implica consecuencias mucho más severas.

Con 2°C de calentamiento global, las proyecciones indican:

más días y noches extremadamente calurosos
olas de calor más largas, frecuentes e intensas
aumento de la mortalidad, especialmente en poblaciones vulnerables
sequías más severas en algunas regiones
lluvias intensas e inundaciones más frecuentes en otras
mayor derretimiento de la Antártida y el Ártico
incremento del nivel del mar que podría afectar a millones de personas
mayor riesgo de incendios forestales
pérdida acelerada de biodiversidad y extinción de especies
calentamiento y acidificación de los océanos, con impactos sobre la vida marina
También crecerían los riesgos sanitarios. Enfermedades transmitidas por mosquitos, como el dengue, podrían expandirse aún más debido al aumento de las temperaturas y las modificaciones en los patrones climáticos.

Los más vulnerables, los más afectados
El impacto del cambio climático no será igual para todos. Las comunidades costeras, pequeños productores, pueblos indígenas y poblaciones con menos recursos enfrentarán mayores riesgos.

En muchas ciudades, además, las llamadas “islas de calor urbanas” intensifican las temperaturas extremas debido al cemento, la falta de vegetación y la concentración de edificios. Esto provoca que las olas de calor sean todavía más peligrosas para quienes viven en zonas urbanas densamente pobladas.

¿Todavía estamos a tiempo?
Aunque parte del cambio climático ya es irreversible en el corto plazo, los especialistas aseguran que todavía es posible reducir sus efectos más graves.

Las acciones de mitigación apuntan a disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero. Entre ellas se destacan:

la transición hacia energías renovables
la reducción progresiva del uso de combustibles fósiles
la reforestación
cambios en los sistemas productivos y agrícolas
políticas de movilidad sostenible
Pero también será necesario adaptarse a un clima diferente. Eso implica rediseñar ciudades, fortalecer sistemas de salud, mejorar la gestión del agua, desarrollar cultivos más resistentes y crear sistemas de alerta temprana frente a eventos extremos.

Por la justicia social, ambiental y territorial
Botana y Salaverry proponen desarmar la paradoja de que los centros globales del poder económico generen la crisis y capturen los discursos de las “energías limpias”, mientras que las periferias paguen las consecuencias con la pérdida de su arraigo, de su soberanía y de sus bienes comunes más esenciales. Es decir, demostrar que la adaptación al cambio climático y la verdadera transición energética no son problemas de ingeniería técnica o de mercado, sino una urgente y necesaria batalla por la justicia social, ambiental y territorial.